Ídolos rotos de Manuel Díaz Rodríguez: Teoría y praxis del modernismo

20.04.2026

Reseña de Alberto Hernández

1.-

En su título ´La tradición infundada´, Gregory Zambra afirma que el Modernismo venía a ser una forma de acercarse ´al nuevo lenguaje que como propuesta de universalización de lo propio oscilaba entre sus múltiples contradicciones´. Más adelante agrega que ´la modernización servía como soporte para una atmósfera que se respiraba por todos los poros de la piel, transformándose en una necesidad de aprehensión sensorial que a veces se patentiza como una especie de hipertrofia´.

Dicho lo anterior para entrar en la tesis de Miguel Gomes: Ídolos Rotos de Manuel Díaz Rodríguez, Teoría y praxis del Modernismo, editado por El Taller Blanco en la Colección Escolios en Cali, Colombia, en enero de 2926.

El autor de este trabajo se concentra, a través del aporte de varios investigadores, en la obra del poco conocido novelista venezolano que, para parodiar a Raúl Agudo Freites, ha pasado a ser terreno de ´La memoria perdida´, toda vez que su voz, sus letras, han quedado sembradas en terreno estéril para las nuevas promociones de críticos, lectores y narradores.

Miguel Gomes lo rescata a través de un estudio riguroso en el que plantea, precisamente, que el Modernismo fue un movimiento entre dos aguas porque se nutría de lo que quedaba del pasado, vale decir de la presencia urbana con rasgos rurales. Era una Venezuela atravesada por el régimen de Juan Vicente Gómez, dictador campesino que gobernaba el país que aún no terminaba de salir de los corrales del monte.

Entre pocos escritores de la época, Manuel Díaz Rodríguez (Caracas, 1871-NY, 1927) construye un universo en el que intentó derribar esos ´ídolos´ que reinaban en el regionalismo, en el foquismo que aún imperaba en nuestro continente. Los rasgos de ese Modernismo tardío que se ancló en América Latina gracias a Rubén Darío, envuelve a Díaz Rodríguez mediante el uso de un conjunto de lecciones que dieron al traste con el pasado naturalista, romántico y decadente.

Gomes se pasea por todo este paisaje en el que su trabajo regresa al presente la obra de quien, como ya hemos dicho, pertenecía o pertenece al olvido, a nuestra memoria extraviada.


2.-

Gomes, quien se apoya en una amplia bibliografía, consiste en decir que le ´parece legítimo afirmar que lo situado por ´Ídolos Rotos´ en un escenario urbano se asemeja a lo que muchos años después, en ´La vorágine´ (1026) José Eustasio Rivera traslada a la barbarie de la jungla: un medio que devora a Arturo Cova (…) poeta de evidente personalidad simbolista y movimientos decadentes´. Es decir, Alberto Soria, el protagonista de Díaz Rodríguez se adelantó a esta visión pero desde la ciudad, desde aquella Caracas fea, embasurada, llena de gente extraña para su gusto. Destaca Gomes que en ´Sangre Patricia´ (1902) sucede algo parecido, en la que el autor presenta a un personaje neurótico, Tulio Arcos, un político fracasado, que se suicida al lanzarse al mar desde un barco que lo conducía al exilio.

Gomes trata a sus personajes como antihéroes. Él mismo lo afirma: Alberto Soria es un artista que también está fuera de su ambiente. Es decir, nuestro autor, Gomes, precisa que se trata de la negación al fracaso en una sociedad donde los escritores y los artistas están relegados. La ironía juega su papel: Alberto Soria es profesional universitario, pero se niega a enrolarse en la burocracia del país. La teoría y la praxis chocan aquí: Díaz Rodríguez, quien también renegaba de tal manera de actuar, pasa a formar parte del régimen de Juan Vicente Gómez como vicerrector de la Universidad Central de Venezuela, director de Educación Superior y Bellas Artes, ministro de Relaciones Exteriores, ministro de Fomento y senador. Algo parecido a lo que hicieron Teresa de la Parra y José Antonio Ramos Sucre. Por esta razón, el celebrado en algunos ambientes intelectuales, pasa a formar parte de esa memoria borrosa, al olvido.

3.-

A juicio de los positivistas, Venezuela pertenecía a un continente enfermo, razón por la cual podríamos afirmar que se trata de un rasgo atávico que hasta hoy continúa siendo evaluado, de allí que no logremos emerger de las aguas profundas de un atraso socio-político que ya los escritores de la época del Modernismo señalaban. Esa enfermedad, acuñada por ´la tradicional polaridad ciudad-campo´ hace posible que ´El Modernismo se incline hacia el mundo citadino, más allá del Naturalismo', este choque advierte un lenguaje, dice Gomes, ´satírico, esperpéntico´, que ´ridiculiza a la sociedad´. Es decir, ya no es el campo, ya no es el paisaje, ya no es el lenguaje propio de la tierra lejos de la ciudad: ´Es una novela de tipos: el politicastro, el militar inescrupuloso, el potentado, el poeta indigesto y amigo de la buena vida (…) el chisme y la maledicencia trazan el retrato de una aldea con ínfulas de gran ciudad, una París de los confines´.

Entre otros autores que cita Gomes para desarrollar su tesis está Miguel Eduardo Pardo, quien a través de ´Todo un pueblo´ (1899) con su personaje central Julián Hidalgo, acomete una venganza por el asesinato de su padre, ultimado por el amante de su madre, Anselmo Espinoza. De acuerdo con esta idea, el vengador es genéticamente un renegado, un indígena derrotado y rechazado por el poder.

Rafael Di Prisco, también citado por Gomes, destacó que ambas piezas literarias son imprescindibles en la fundación de una novela urbana en la que el pesimismo determina la conducta de los actantes protagónicos.

Tanto Pardo como Díaz Rodríguez, dice Gomes, asimilaron sus modos de decir: uno el naturalismo y el otro el modernismo, por lo que ´Di Prisco insiste en que los tétricos diagnósticos sociales de los positivistas fueron los que provocaron esta asimilación´.

Gomes, para distinguir cada expresión literaria, afirma que ´la narrativa nativista o regionalista que poco antes del siglo XX convive en armonía con la quienes acogen el Parnaso, el simbolismo o el decadentismo solo se convierte en un movimiento independiente´.

Habla el autor de un ´intento de penetración psicológica´ al presentar a Alberto Soria como un histérico. También acota la obsesión económica del Modernismo mediante una actuación simbólica: el trabajo burocrático o en las haciendas de la heredad no son motivo de preocupación para estos autores/ personajes. De modo, como ya hemos señalado, Díaz Rodríguez acepta trabajar con Gómez en importantes cargos de escritorio. Aquí se contradice: la teoría con la praxis. El ascetismo pierde la batalla. La llamada reputación burguesa se convierte en una realidad mientras la obra desfallece. Pese a su desdén por la política, Díaz Rodríguez se asimila a su personaje. La realidad nacional como la internacional hace callos en el capitalismo emergente que aparece como una contradicción en el comportamiento de estos actantes, así como de algunos autores del Modernismo.

Para estos personajes el país era una parcela marginal, mientras ´París, la capital del espíritu´.

´La estatua es un pretexto´, afirma el hermano de Alberto Soria.

´Ídolos rotos´ es, precisamente, la rotura de ese imaginario que la modernidad dejó como legado.


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